Poco a poco Dani y yo estamos más nerviosos, pero convencidos de que hemos de emplearnos a fondo para superar esta carrera de obstáculos que nos llevará a cumplir nuestro sueño.
Una vez pasada la incredulidad inicial, a Dani le explicaron que sus espermatozoides tenían poca movilidad. Le hicieron un segundo espermiograma, un análisis de sangre para ver sus hormonas y una ecografía para ver cómo estaba su próstata y sus testículos.
¡Hay que ver lo rápido que nos vamos familiarizando con el lenguaje médico! Y es que me siento afortunada de contar con el apoyo de la doctora, sus explicaciones, sus respuestas,… y esa habilidad de hacernos bajar los pies a la tierra. Sinceramente, me da mucha seguridad saber que estamos en las mejores manos.
Así que, armados de paciencia, esperamos la segunda visita al andrólogo. Sabíamos que lo que nos dijeran iba a determinar nuestros siguientes pasos. Y así fue. El doctor nos recibió con un diagnóstico: inflamación crónica de la próstata.
Nos alegró que nos dijeran que podían tratar la prostatitis…. Saber que hay solución te da una gran tranquilidad y una carga de energía increíble. Sin embargo, me dejó en shock escuchar que el tratamiento duraría dos meses. ¿Dos meses?
Me da vergüenza reconocer que, como niños, intentamos evitar el tratamiento. No queríamos esperar. Dos meses, ocho semanas, 60 días… Me parecía un mundo. Pero la pataleta duró poco ante el peso de sus argumentos y un “vale la pena ese tiempo” que no dejó lugar a dudas.
Pese a todo, y aunque creí que no habíamos estado a la altura, entendieron nuestra reacción y hasta pusieron a nuestra disposición el apoyo psicólogo del centro. Solo saber que nos tienden la mano para ayudarnos o respaldarnos me hace afrontarlo de otra manera.
Aún falta mucho, pero cada día es un paso más.

