He esperado a tener el final más feliz antes de escribir el último capítulo de esta historia. Un capítulo que comenzó el día de la transferencia. Lo viví tan intensamente que recuerdo cada detalle…
Llenos de optimismo llegamos a la clínica. La cita era a las 8 de la mañana con la vejiga llena, ¡qué mal lo pasé: con los nervios solo quería ir al baño! Pero tenía un porqué. La transferencia se hace a la vez que una eco abdominal para ver con claridad cómo meten el embrión con la cánula.
¡Así que aguanté como una campeona!
Esta vez sí, Dani entró conmigo al quirófano y, para mi asombro, nada de lo que me hicieron me dolió. Allí estábamos los dos, de la mano, viendo todo lo que sucedía en la pantalla del ecógrafo.
¡Fue tan emocionante! Y en un suspiro estaba en la butaca de una habitación, con música, relajada,… Escuchando atentamente las instrucciones de lo que podía y no podía hacer. Simplemente debía hacer vida normal, pero evitando los esfuerzos abdominales.
Quince días más tarde, temblando como un flan, regresé al centro para hacerme la prueba de embarazo. Aunque no se lo haya contado a Dani, en esas dos semanas estuve muy tentada a hacerme una prueba de embarazo en casa. Solo me frenó saber que tenía altas probabilidades de que diera negativa, porque no tiene la misma sensibilidad que si es en sangre. No estaba preparada para un “no”, y menos si no era fiable.
De repente, con mucho camino recorrido y muchos obstáculos salvados, allí estábamos Dani y yo frente a uno de los momentos más importantes de nuestra vida. Ese “positivo” nos hizo enloquecer…
Dos semanas después, y tras seguir con el tratamiento, compartimos el mágico momento de una ecografía que nos dejó ver el saquito dentro de mi útero, el latido,…
Ahí, entre abrazos, sonrisas y lágrimas, acababa una etapa y comenzaba el resto de nuestra vida. Era el momento de acudir de nuevo a mi ginecóloga, en una situación muy distinta, para entregarle el informe y la cartilla de seguimiento del embarazo e iniciar, con ella, el camino hacia la maternidad.

